Ritual sumerio de transferencia de almas
En la noche donde callan los astros,
cuando la luna desciende sobre Ur,
los sacerdotes encienden siete lámparas
y trazan con polvo de lapislázuli
el círculo secreto de la Vida.
Un cuerpo anciano yace en silencio,
cansado de los caminos del mundo;
frente a él, una joven espera,
intacta como el alba
antes de pronunciar su primer nombre.
Entre ambos se abre el Umbral.
El sacerdote eleva las manos
y murmura palabras más antiguas que los reyes:
“Lo que termina no muere;
cambia de morada.”
Entonces el alma,
ave de fuego aprisionada en la carne,
abandona lentamente sus huesos,
cruza el río invisible
y contempla, desde la frontera,
el cuerpo que habrá de recibirla.
La joven tiembla.
Una respiración…
dos corazones… un solo destino.
La memoria desciende como lluvia dorada,
penetra la sangre, enciende los nervios,
despierta antiguas imágenes
templos, estrellas, rostros olvidados,
vidas que parecían sueños.
El cuerpo nuevo abre los ojos.
Pero ya no mira con la inocencia de antes.
En sus pupilas permanece
la sombra de una edad perdida.
El anciano ha desaparecido,
la joven permanece,
y el alma continúa su peregrinaje.
Así enseñan los iniciados:
la eternidad no consiste en conservar el cuerpo,
sino en descubrir quién es aquel
que atraviesa silenciosamente todos los cuerpos,
todas las muertes y todos los nacimientos.