Antecedente:
Los lamas afirman que el cuerpo duerme para que el espíritu recuerde, y las técnicas para activar ese recuerdo de manera consciente han sido parte de la sabiduría sobre la vida más allá del cuerpo que durante milenios se han custodiado en los recintos más sagrados del Tíbet. Una sabiduría que solo se transmite de manera directa, de maestro a discípulo, por medio de secretas iniciaciones.
Un tulku es un maestro del budismo tibetano que, tras alcanzar un alto nivel de realización espiritual, tiene el control consciente sobre su renacimiento.
A diferencia del ciclo kármico ordinario, el tulku elige reencarnarse por compasión para preservar las enseñanzas y continuar ayudando a los seres sintientes hasta alcanzar su completa liberación.
Taktra Rinpoche (también escrito como Tagdra, Tagdrad o Takdrak) designa a un importante linaje de tulkus (maestros reencarnados) dentro de la escuela Gelug del budismo tibetano. El más destacado fue el lama Ngawang Sungrab Thutob, tercer Taktra Rinpoche quien sirvió como Regente del Tíbet desde 1941 hasta la invasión por parte de China ocurrida en 1950 y, durante la juventud del actual XIV Dalái Lama (Tenzin Gyatso), fue su tutor principal.
Aquella madrugada en medio de mi sueño, vi aparecer una sutil nubosidad azulada que se colocó al lado de mi cama. De ella surgió un ser etéreo que me dijo.
—Ha llegado el momento de contemplar una enseñanza que pocos hombres han visto y aún menos han comprendido. Sentí que mi cuerpo se volvía tan ligero como el humo del incienso.
La habitación desapareció y ascendimos por encima de montañas, glaciares y nubes, hasta que los Himalayas surgieron bajo nosotros como una inmensa corona de cristal iluminada por la Luna.
Lhasa reposaba en un profundo silencio. El Palacio de Potala parecía una montaña nacida de la roca,
pero nuestro destino no era aquel lugar solemne. Descendimos hacia un edificio más discreto, rodeado por un estanque donde el agua reflejaba las estrellas con la misma quietud de aquellas regiones celestes.
—Éste es el Lukhang —susurró mi guía—, el Palacio de la Serpiente de Agua. Aquí se custodian enseñanzas que no pertenecen al tiempo, sino a la conciencia.
Atravesamos los muros como si fueran una ligera neblina. En el interior no había riqueza que deslumbrara los ojos; el verdadero tesoro vibraba en el aire. Cada mural parecía respirar.
En la cámara principal aguardaban varios ancianos vestidos con sencillas túnicas color azafrán. Ninguno pronunciaba palabra.
Su presencia era serena, pero irradiaba una autoridad que no necesitaba imponerse. Su mirada recordaba a un lago de alta montaña: transparente, inmóvil y capaz de reflejar el infinito.
No asistirás a una ceremonia de poder, sino a un acto de reconocimiento.
Un tulku no nace por el deseo de ser grande, sino por el compromiso de servir.
El maestro levantó lentamente una pequeña lámpara de mantequilla. Su llama no proyectaba sombras; parecía revelar la luz escondida dentro de cada ser presente.
Mientras pronunciaba antiguas sílabas sagradas, advertí algo extraordinario. Desde el corazón del anciano surgieron delicados hilos de luz dorada que se unieron al corazón del discípulo. No era una transferencia de conocimiento como la entienden los hombres. Era el despertar de un recuerdo que ya habitaba en el alma del iniciado.
Los murales comenzaron a brillar. Las figuras representadas en las paredes parecían cobrar vida. Los canales luminosos del cuerpo humano resplandecían como ríos de estrellas, y una inmensa serpiente de agua, formada por pura energía cristalina, ascendía desde el estanque situado bajo el edificio hasta rodear la sala en silenciosa espiral.
Aquella visión era la representación de la conciencia que aprende a fluir sin resistencia entre los mundos visible e invisible.
El joven cerró los ojos. Durante unos instantes dejó de existir el anciano, dejó de existir el discípulo, dejó de existir incluso el templo. Sólo permanecía una inmensa claridad.
Entonces comprendí que la verdadera iniciación nunca consiste en recibir algo nuevo. Consiste en recordar aquello que jamás dejó de existir. Cuando la visión terminó, el maestro apoyó suavemente la palma de su mano sobre la coronilla del iniciado.
En medio de aquella profunda paz enmarcada por un silencio total, mi guía volvió su mirada hacia mí y afirmó. Muchos buscan poderes extraordinarios. Pocos buscan dominar su propia mente. Por eso las puertas del conocimiento permanecen cerradas para la mayoría.
El universo revela sus secretos únicamente a quien ha aprendido primero a guardar silencio en su corazón.
Abandonamos el Lukhang mientras el amanecer comenzaba a teñir de oro las montañas del Tíbet.
Cuando desperté, mi habitación era la misma de siempre. Sin embargo, algo había cambiado. Durante unos instantes cerré los ojos y escuché el silencio.
En él descubrí una enseñanza que ningún libro podía contener: los verdaderos templos no se construyen con piedra, sino con la conciencia despierta; y toda auténtica iniciación comienza el día en que el ser humano deja de buscar la luz fuera de sí y reconoce que siempre ha brillado en el centro de su propio espíritu.

